29 de junio de 2009

Ni siquiera fotos...

La jornada de anillamiento en el Túria de ayer fue una de esas flojas, flojas, hasta el punto de no hacer ni siquiera fotos (bueno, un par).
Llegamos muy pronto por la mañana (a las seis) entre chotacabras (Caprimulgus rufficollis), mochuelos (Athene noctua) y algún conejo (Orictolagus cunniculus).
Mientras montábamos las redes nos dimos cuenta de que el día no iba a dar para mucho, a penas se oían pájaros. Las rondas fueron sucediéndose con pocas capturas y cada vez el número iba bajando y el calor aumentando, así que, a eso de las diez y media ya estábamos recogiéndolo todo.

Al terminar la jornada nos fuimos a ver la gravera (en Benaguasil) en la que vamos a iniciar este año la campaña de anillamiento de golondrinas (Hirundo rustica) en dormidero.
Este año parece que vamos a poder montar bastante cerca de donde se juntan las golondrinas (lo cual es buena noticia, ya que el año apsado nos salió bastante mal la cosa por colocar las redes demasiado lejos, estaba inaccesible). Mientras dábamos una vuelta por el sitio pudimos ver (y oir) algunas garzas reales (Ardea cinerea), cernícalos vulgares (Falco tinnunculus), polla de agua (Gallinula chloropus),(Porphyrio porphyrio)... También un abejaruco (Merops apiaster) que estuvo posando para nosotros... hasta que sacamos las cámaras de fotos.
calamón


Aves anilladas:

Carbonero Común (Parus major) 2 ex. (Uno joven del año y un adulto)


Carricero Común (Acrocephalus scirpaceus) 3 ex.
Curruca Capirotada (Sylvia atricapilla) 1 ex.
Ruiseñor Bastardo (Cettia cetti) 3 ex.
Ruiseñor Común (Luscinia megarrhynchos) 3 ex.


Verdecillo (Serinus serinus) 1 ex.

Total: 13 aves (4 de ellas recapturas) de 4 especies distintas

Aves detectadas:

Abejaruco (Merops apiaster)
Calamón (Porphyrio porphyrio)
Carricero Tordal (Acrocephalus arundinaceus) oído
Cernícalo Vulgar (Falco tinnunculus)
Chotacabras Pardo (Caprimulgus europaeus)
Garza Real (Ardea cinerea)
Mochuelo Común (Athene noctua)
Mirlo Común (Turdus merula)
Oropéndola (Oriolus oriolus) oída
Pico Picapinos (Dendrocopos major) oído
Polla de Agua (Gallinula chloropus) oída
Tórtola Europea (Stretopelia turtur) oída


Participantes: Toni Polo, Antonio Cabrera, Ernesto y Daniel Jareño y yo

25 de junio de 2009

De pajareo por el Pirineo: Parte III: Senda de los Cazadores, Faja de Pelay y Gradas de Soaso

Para el domingo planeamos una excursión mucho más clásica que la del día anterior. Tomaríamos la Senda de los Cazadores para alcanzar la Faja de Pelay y desde allí avanzar hasta el fondo del valle, a la cascada de Cola de Caballo. Después bajaríamos por la pista que recorre la parte baja pasando por las Gradas de Soaso y atravesando el Bosque de las Hayas. La ruta, en principio, no ofrece ninguna complicación. Salvo el duro ascenso por la Senda de los Cazadores, donde se salvan algo más de seiscientos metros de desnivel por una fuerte pendiente.


Por la mañana, mientras esperaba a que los demás salieran a desayunar, me di una vuelta por los alrededores del refugio. Encontré un pequeño claro entre los árboles donde no paraban de moverse algunas aves. Identifiqué rápidamente a los pinzones (Fringilla coelebs) y verdecillos (Serinus serinus) que por allí cantaban. De nuevo, volví a escuchar un reclamo familiar. Un grupo de camachuelos (Pyrrhula pyrrhula) se alimentaban en un arbusto bajo. Era un grupo de hembras o jóvenes. Intenté sacarles alguna foto, pero el viento y la poca luz que había se esforzaron en impedirlo.


Cutrefoto de un jovenzuelo de camachuelo común

Después de desayunar recorrimos en coche la pista que sale del valle de Bujaruelo y nos dirigimos al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Dejamos el coche en el parking de la pradera de Ordesa, justo a la entrada del valle. Justo nada más bajarnos, en los arbolillos que había por el parking vi a unos pajarillos que se perseguían y peleaban. Me eché los prismáticos a los ojos: carbonero garrapinos (Periparus ater) y... ¡Sorpresa! Carbonero palustre (Poecile palustris) segunda especie nueva que veo y apenas había empezado el día.


Muy contento con el avistamiento (que fue muy bueno, pude ver al pajarillo a placer) me ajusté la mochila y me encaminé a la Senda de los Cazadores. Como ya he dicho el ascenso es duro, pero además se nos hizo pesado porque pillamos una excursión que llegaba en autobús, por tanto, aquello estaba lleno de gente. Una vez más, el canto de algunas aves ayuda a hacer más ameno el ascenso. Los pinzones, agateadores (Certhia brachydactyla), herrerillos (Cyanistes caeruleus)... que viven en el precioso bosque por el que se asciende intentan hacernos olvidar lo que nos está costando remontarlo.


Por fortuna, esta excursión, tiene un premio enorme nada más llegar al punto más alto. Un mirador nos da una vista preciosa de todo el Valle de Ordesa, regalándonos una vista preciosa y un lugar perfecto para pararse a descansar. Decidimos pasar allí un buen rato para así dar tiempo a la excursión del autobús a alejarse y poder hacer el retso de la ruta algo más tranquilos.

Aquí se puede apreciar el desnivel salvado

Mientras el resto del grupo se dedicaba a mirar al otro lado del valle, viendo como la gente atravesaba la Faja de las Flores y las Clavijas de Cotatuero, yo me dediqué a los pájaros. Un valiente arrendajo (Garrulus glandarius) estuvo dando vueltas a nuestro alrededor, por los árboles, esperando a que nos largásemos para hacerse con "su parte" de nuestro almuerzo.

Arrendajo

También nos observaban entre las copas algunos carboneros garrapinos. Fuera ya del bosque, se alimentaban aviones comunes (Delinchon urbicum) y roqueros (Ptyonoprogne rupestris), así como algunas chovas (Pyrrhocorax sp.) demasiado altas como para identificarlas y volaba algún buitre leonado (Gyps fulvus). La sorpresa la dieron un grupo de rebecos (Rupicapra rupicapra) que se perseguían y jugaban unos metros más abajo que nosotros. Tras disfrutarlos un rato y ya completamente solos iniciamos la marcha.


Después de haber ascendido por la Senda de los Cazadores la ruta se vuelve de lo más tranquila y sosegada por la Faja de Pelay. Te da una vista preciosa de todo el valle dada la altura a la que caminas y se mantiene prácticamente todo el tiempo a nivel, así que una vez realizado el esfuerzo inicial ya está todo hecho.


Las especies que íbamos viendo se repetían con lo ya visto, salvo algún mirlo (Turdus merula)(Corvus corax) en las alturas. Cuervos que, junto con los buitres, me hacían pararme de vez en cuando pensando que pudieran ser "otra cosa", y con "otra cosa" me refiero obviamente al quebrantahuesos (Gypaetus barbatus). Me habían dicho que en Ordesa era fácil verlos y yo ya estaba empezando a desesperarme de ver que me volvía de Pirineos sin ver la especie que más ganas tenía. despistado y algún cuervo


Seguimos avanzando, disfrutando del paisaje, tratando de identificar tal monte o tal otro o hablando de unas rutas y de otras, hasta que llegamos a las proximidades de la cascada de Cola de Caballo. Decidimos comer en la parte alta de la Faja de Pelay, ante sde bajar hacia el valle para poder hacerlo más tranquilos, ya que la cascada estaba llena de gente. Durante la comida nos acompañaron algunas aves que se acercaron a curiosear: carbonero garrapinos, chova piquigualda (Pyrrhocorax graculus), cuervo, acentor común (Prunella modularis)...


Después de descansar y reposar la comida hicimos los pocos metros que nos separaban de la cascada entre cantos de acentores comunes (estaba lleno de estas aves el último tramo de la senda). Decidimos acercarnos rápidamente hasta la base de Cola de Caballo y continuar después nuestro descenso hacia la pradera. Había visto ya otras veces (siendo más pequeño, en excursiones con el colegio) la cascada, pero una vez más me sorprendió. Creo que es uno de estos sitios que por muchas veces que veas siempre gusta volver a ver y siempre te vuelve a sorprender.


El descenso se iniciaba por una praderita en la que pacían numerosas vacas con sus terneros. Entre ellas era fácil localizar algunos bisbitas alpinos (Anthus spinoletta) y chovas piquigualdas.

Me gustó esta guardería de terneros

Esta senda que tomábamos ahora discurre todo el tiempo junto al río Ara. Lo que permitió que se sumaran a la lista de aves vistas del día un par de mirlos acuáticos (Cinclus cinclus). Este paseriforme es un ave que nunca dejara de sorprenderme. Allá donde la corriente es más fuerte, y donde parece más difícil que un ave tan pequeña como es, pueda moverse, aparecen ellos.


Seguimos caminando sin muchas novedades hasta llegar a las Gradas de Soaso. Estas cascadas son otro de esos puntos en los que podrías pasarte todo el día sin cansarte de mirarlas. Después de unas cuantas fotos y de disfrutar el frescor que emanan continuamos con nuestro avance.

Principio de las Gradas de Soaso

Entonces llegaron los ¿Cincuenta segundos? más intensos de todo el fin de semana. Un mirlo acuático se sumerge a pocos metros de distancia de mi. Mientras lo veo, por el rabillo del ojo, noto un ave cruzar el camino. Me giro para observarla, especie nueva para mi, curruca mosquitera (Sylvia borin). Sé que sorprende un poco que esta especie sea nueva, pero en Valencia no se ven y durante el paso son más bien escasas. Intento observarla lo mejor posible durante los segundos que permanece entre las ramas de un árbol cercano, después desaparece. Esto contentísimo con la observación, pero todavía no ha terminado todo, todavía quedarán unos diez segundos. Levanto instintivamente la vista y veo una silueta que se recorta contra la roca. Sin necesidad de llevarme los prismáticos a los ojos ya sé lo que es. Pero quiero verlo mejor. Con manos temblorosas los levanto y por fin los puedo decir: ¡Quebrantahuesos! Un adulto precioso. Vuela rápidamente hacia un recodo de la montaña tras el que se pierde. Ha sido una observación breve, pero la he disfrutado como la que más. Y si sumamos todo lo que se vio en tan corto lapso de tiempo la felicidad por el acontecimiento aumenta.


Mucho más contento (y por que no decirlo, relajado) continuo con el descenso. No tardamos en internarnos en el Bosque de las Hayas. Un lugar bonito, y casi mágico, que merece la pena disfrutar. Cantaban tantas aves a la vez que resultaba difícil identificar cada uno de los cantos: ahora un pinzón, interviene entonces un carbonero común (Parus major), después un herrerillo, a la vez un... un momento, ¡Ese vuelve a ser el agateador norteño (C. familiaris)! de nuevo me vuelvo loco intentano encontrarlo. Pero el área de bosque que me rodea es enorme y los árboles también. Consigo localizar a alguno de los cantores y a otros que se alimentan por el suelo. Pero no hay manera con el agateador y eso que no para de cantar. ¿Dónde se habrá metido? De pronto todo silencio. Me vuelvo a rendir con esta ave. Ya llegará el momento de verla.

Bosque de las Hayas

El camino se inclinaba ahora más, mientras que el río, formaba unas espectaculares cascadas. Había varios miradores a lo largo del camino para poder verlas en todo su esplendor. Una vez más, la presencia de mirlos acuáticos en este lugar me deja sorprendidísimo.


Cerca de uno de los miradores había un claro en las copas de los árboles. Por algún motivo decidí no bajar a ese y quedarme en el lugar ¡Bendita decisión! Mientras esperaba miré al cielo. De nuevo esa silueta. De nuevo la aceleración del pulso. ¡Un segundo quebrantahuesos! Este lo veo mucho mejor y durante más tiempo. Es un ave preciosa. Merecía la pena venir hasta aquí y el sufrimiento por verla, se disfruta mucho más.

El tramo que nos quedaba hasta la pradera lo hice contentísimo. Estaba muy satisfecho con mi visita a esta cordillera tan característica. Aún pude observar algunas especies más: petirrojo (Erithacus rubecula), lavandera blanca (Motacilla alba)... pero lo mejor ya lo había visto. Cuando llegué al coche tenía sensaciones un tanto dispares. Quería volver a casa para contarlo y asimilarlo todo. Pero también quería quedarme allí, ver lo que me había faltado y volver a ver lo que ya había visto. Pirineos es un lugar precioso y del que me imagino será difícil cansarse.


Fuimos a Torla a tomar algo y a despedirnos del lugar. al día siguiente volveríamos a la tórrida València veraniega. Y algunos, a los exámenes.

El resultado global del viaje. Pues como digo, muy satisfecho. Cuatro nuevas especies para mí: Pyrrhula pyrrhula, Poecile palustris, Sylvia borin y Gypaetus barbatus. Una que se quedó a medias, ya que sólo la oí cantar: Certhia familiaris. Y la que yo suponía más difícil resultó serlo, y por tanto me quedé sin verla: Dryocopus martius. Otro buen montón de especies de aves identificadas (63) y algunas de mamíferos imposibles de ver en estas cotas.

23 de junio de 2009

De pajareo por el Pirineo. Parte II: Ascensión al Pico Bernatuara (2517 metros)

El sábado iniciamos nuestro ascenso al Pico de Bernatuara sobre las ocho y media de la mañana. La mañana era fresca y el viento seguía soplando con fuerza. Nos separaban más de mil metros de desnivel de nuestro destino, así que, todos sabíamos que iba a ser un día duro.
La ruta se iniciaba ascendiendo fuertemente por un bosque dominado por los bojs
(Buxus sempervirens), que dan nombre al valle. En un principio la ruta coincide con la que asciende hasta el Puerto de Bujaruelo.
Entre los árboles, cuando el sonido de mi respiración me lo permitía, oía a los pinzones vulgares
(Fringilla coelebs), verdecillos (Serinus serinus), mirlos (Turdus merula) y alguna especie más que no logré identificar. Escuchar a estas aves y tratar de identificarlas siempre le ayuda a uno a olvidar la fuerte pendiente por la que está ascendiendo.



En un pequeño alto en el camino para quitarnos algunas prendas de ropa que ahora nos sobraban, escuché un canto que me resultó familiar. No en vano había estado escuchándolo en casa para recordarlo cuando llegara el momento. Se trata de camachuelos comunes (Pyrrhula pyrrhula). No tarda en pasar un macho precioso frente a mí seguido rápidamente por una hembra. La primera especie de mi lista personal de objetivos ya había caído. En esos segundos de calma pasarona demás muchos otros pájaros. Un grupo alborotado de verderones serranos (S. citrinella), un zorzal charlo (T. viscivorus) y algunos pinzones más.

La ruta seguía ascendiendo y tras sortear un par de barrancos llegamos junto a una caseta de pastores que daba inicio a la Plana de Sandaruelo. Desconozco por qué le han dado ese nombre pues tiene más bien poco de plana. En cualquier caso es un lugar precioso y la primera de las praderas alpinas por las que pasaríamos.
Mientras ascendíamos no paraban de oírse los chillidos de las marmotas
(Marmotta marmotta) que alertaban de nuestra presencia a todo el valle. Por desgracia no conseguí localizarlas en ese momento. A nuestro paso se levantaban bisbitas alpinos (Anthus spinoletta) que con sus vuelos y reclamos intentaban alejarnos de sus nidos.


La Plana de Sandaruelo
Algo más arriba hicimos un descanso para el almuerzo. A parte de recuperar fuerzas sirvió para poder prestar más atención a lo que nos rodeaba. No tardé en localizar a las chovas piquigualdas (Pyrrhocorax garrulus) y piquirrojas (P. pyrrhocorax) que se lanzaban desde los cortados más altos en dirección a la Plana de Sandaluelo (ahora ya por debajo de nosotros) en busca de su almuerzo. Entre ellas no era difícil localizar algún cuervo (Corvus corax), que no sé si era cosa del cansancio o de qué pero me parecieron mucho más grandes de lo normal.

Chova Piquirroja

Por último localicé un par de aves que dispararon los gritos de alarma de las marmotas. El primero de ellos me sorprendió bastante pues no esperaba encontrar uno en un lugar así, se trataba de un ratonero común (Buteo buteo), los segundos (pues iban en pareja) dos águilas reales (Aquila chrysaetos) que se ocultaron rápidamente tras la montaña.

Visto desde aquí el pico parecía más cercano y accesible, pero lo cierto es que desde esta vertiente no se podía subir, había que bordearlo

Nuestro ascenso continuó por una dura pendiente. Por fortuna, el viento que tanto nos molestaba en el valle hacía más llevadero el ascenso al suavizar la temperatura y evitarnos así sudar la gota gorda. Poco después de sortear un nevero el camino se suavizaba y corría paralelo a las líneas de nivel. Era la señal que esperábamos pues sabíamos que al sobrepasar el collado que quedaba a nuestra derecha veríamos por fin el ibón de Bernatuara.

Llegada al Ibón de Bernatuara. Es una llegada muy chula pues el lago aparece de pronto frente a ti, con ese color azul intenso que lo caracteriza.

Decidimos comer allí pese a que era un poco pronto, para poder afrontar con fuerzas renovadas el ascenso al pico. El ibón está situado a 2305 metros sobre el nivel del mar, por tanto habíamos salvado ya un desnivel de ochocientos noventa y cinco metros y todavía nos quedaban doscientos metros más por delante.


Mientras comíamos me sorprendió ver que el ibón estaba lleno de unos pequeños pececillos y me pregunté cuándo y cómo habrían llegado hasta allí, un lugar tan perdido y sin ninguna conexión aparente con ríos o torrentes por los que podrían haber accedido a él.
Nos sobrevolaban constantemente buitres leonados
(Gyps fulvus) por lo que no paraba de sobresaltarme pensando que ya tenía ahí al quebrantahuesos (Gypaetus barbatus). Los acompañó un par de veces un cernícalo vulgar (Falco tinnunculus).
También fue durante el rato de la comida cuando pudimos ver las primeras marmotas del viaje. Primero en la orilla opuesta del lago y luego sólo unos metros ladera arriba, sobre nuestras cabezas.


¿Quién se esconde ahí?

¡Ajá! ¡Te pillé!

Estuvieron también presentes durante la comida algunos pajarillos típicos de la alta montaña. Seguía habiendo bisbitas alpinos por aquí y por allá, pero en la cazoleta que forma el ibón las reinas eran las collabas grises (Oenanthe oenanthe). De las que pude ver tanto jóvenes como adultos así como machos y hembras.
Por último cabe destacar la aparición de una hembra de roquero rojo
(Monticola saxatilis). Lástima que no se tratara de un macho, pues son preciosos. Pero se agradece la observación pues tampoco es una especie que haya visto muchas veces.


Collalba gris

Después de haber descansado un tiempo y reposado la comida afrontamos los últimos metros que nos separaban de la cima un poco a la brava, ya que no conseguimos dar con el sendero que nos llevaba a la misma.

Ascendiendo al pico

¡Ya sólo quedan unos metros y habremos hecho cima!

El ascenso era costoso, pero aún así no nos llevó mucho tiempo llegar hasta la cima a 2517 metros sobre el nivel del mar. Habíamos cumplido con éxito nuestro objetivo. Las vistas desde la cima eran espectaculares.



Por un lado veíamos los valles de Otal y Ordiso, que desembocan en el valle de Bujaruelo. Por el otro veíamos la vertiente francesa del pirineo, pues no hay que olvidar que el collado que bordea el lado norte del ibón de Bernatuara coincide con la frontera. Frente a nosotros se alzaba imponente el pico Gaviet (ojo no confundirlo con el Gavieto, parece que falta originalidad a la hora de nombrar los picos).

Foto de grupo en la cima y del fotógrafo ¡Que también se merece salir!

Allí, todavía más altos que nosotros, ajenos a lo que nos supone a las personas conseguir llegar a estas alturas, volaban alegres unos vencejos reales (Apus melba).
Después de las fotos de rigor en la cima y de disfrutar de las magníficas vistas que ofrecía iniciamos el descenso, esta vez por el sendero. Resultó interesante esta bajada pues nos llevó al lado francés. Fue curioso cambiar de país a pie, aunque también mostró lo absurdas que son estas separaciones, yo no noté ningún cambio entre pisar el pirineo francés y el aragonés.


Francia

Mientras disfrutaba de la vista de esta nueva vertiente un pájaro voló algo por debajo de mí. Se trataba de un bonito acentor alpino (Prunella collaris), que hasta ahora todavía no había visto. Me resultó curioso no haberlo visto hasta entonces, pues, durante el tiempo que estuve en Picos de Europa vi que allí era un ave mucho más común a estas alturas que, por ejemplo los bisbitas alpinos.

Acentor alpino

Esta vez pasamos algo más deprisa junto al ibón, remontamos el collado sur e iniciamos el descenso hacia San Nicolás. Al poco de haber iniciado nuestro caminar vimos algo que nos obligó a detenernos. En la ladera que había frente a nosotros un zorro (Vulpes vulpes) atacaba a un grupo de marmotas.
Todo ocurrió muy rápido, y antes de poder echarnos los prismáticos a los ojos el zorro subía la ladera llevando algo muy pesado en sus fauces. Se detuvo algo más arriba a comerse tranquilamente su botín. Unos metros abajo, la que suponemos madre de la desafortunada marmota (pues parecía una cría), no paraba de llamarla desesperadamente.


Aunque la calidad de la foto es baja por lo lejos que estábamos se aprecia perfectamente al zorro, con su presa frente a él

Era una escena dura, pero habitual en la naturaleza. El zorro se aseguraba su supervivencia unos días más mientras una desafortunada madre había perdido parte de su descendencia. Estuvimos observando un rato más, hasta que el zorro dejó de comer y se tumbó a reposar la comida. La marmota todavía no dejaba de chillar, esperando que su cría volviera junto a ella. Y no dejó de hacerlo en todo el tiempo que estuvimos bajando.
Recorrimos de nuevo la Plana de Sandaluelo. Esta vez algo más rápido, descendiendo a paso vivo, haciéndose por tanto mucho más agradable de ver y disfrutándola más. Esta calma que da la bajada nos permitió localizar alguna marmota más, de esas que no conseguimos ver durante la subida.



Además de un par de especies más de aves: una pareja de gorriones alpinos (Montifringilla nivalis) y un escribano montesino (Emberiza cia).
Una vez más llegamos hasta el bosque en el que habíamos iniciado nuestra excursión. Como si nada hubiera cambiado seguían cantando los pinzones y demás aves que había escuchado a la subida. Pero un canto me hizo detenerme. Lo reconocí al instante: agateador norteño (Certhia familiaris). Intenté localizarlo entre la espesura, pero me resultó imposible. De pronto dejó de cantar y lo di por perdido. Me dejó con un sabor amargo este acontecimiento, objetivo cumplido a medias.
Continué bajando hasta que llegué junto a la colonia de aviones roqueros (Ptyonoprogne rupestris) que había cerca del refugio. Me entretuve un rato observando sus idas y venidas a los nidos y anduve los últimos metros que me quedaban hasta la merecida ducha y posterior cena.
Justo cuando nos sentábamos en la mesa vi las dos últimas aves del día a través de la ventana. La pareja de águilas reales cicleaba ahora sobre el valle de Bujaruelo, despidiendo así un día estupendo. Un lujo poder hacer observaciones así justo antes de cenar y bien resguardado del viento que nos acompañó todo el día.

Durante la cena decidimos la ruta del día siguiente: Senda de los Cazadores, Faja de Pelay, Cola de Caballo y vuelta por las Gradas de Soaso y Bosque de las Hayas. Es decir, un recorrido completo (y clásico) por el precioso
Valle de Ordesa.